El Desafío de Hiroshima
Por David Krieger
Traducción de Rubén Arvizu

29 de Julio de 2009

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Hiroshima, como la primera ciudad atacada por un arma atómica, fue convertida en una ciudad de cenizas y muerte. A partir de esta devastación, renacería para desafiar a la humanidad en búsqueda de un mejor destino.

Hiroshima se ha convertido en más que un lugar, es el símbolo de la terrorífica amenaza de una nueva era de casi ilimitado poder de destrucción. Una bomba puede destruir una ciudad. En forma escalada, unas cuantas bombas podrían destruir países y una docena de ellas podrían reducir a ruinas toda la civilización. Al cobrar impulso la carrera armamentista, el futuro de la vida en el planeta fue colocado en situación de alto riesgo. Eventualmente decenas de miles de armas nucleares fueron creadas y listas para ser usadas. Nosotros, los seres humanos, por nuestra propia inteligencia científica y tecnológica, hemos creado los instrumentos de nuestra propia aniquilación. Hiroshima fue el capítulo inicial de la era nuclear.

Hiroshima fue destruida en agosto de 1945 y a la primavera siguiente, manojos de hierba y flores comenzaron a brotar. La ciudad inició la ardua tarea de reconstrucción. Pero nunca más Hiroshima podría ser sólo una ciudad. Se convirtió en algo más especial, arraigado en la psique humana: un símbolo de la devastación y el potencial de la total aniquilación, y al mismo tiempo un símbolo de esperanza y renacimiento.

El poder de Hiroshima como símbolo es despertar a la humanidad de la amenaza de su propia desaparición. Los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki, los hibakusha, nos dicen, "Hay que eliminar las armas nucleares antes de que ellas nos eliminen." Y al decir "nos", se refieren a todos nosotros. Los hibakusha han sido valientes para enfrentar y revelar sus tragedias personales. Ellos han vencido a sus temores y la vulnerabilidad y se han pronunciado públicamente en un esfuerzo para impedir que su pasado se convierta en el futuro colectivo de la humanidad. Los hibakusha son profetas modernos. Ellos han caído en el abismo y regresado para dar la voz de alerta.

Al igual que otros niños en Estados Unidos, en la escuela aprendí la lección de que las bombas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki fueron necesarias para poner fin a la guerra y salvar las vidas de soldados norteamericanos. Lo que no aprendí fue que el uso de las bombas atómicas violó las leyes de la guerra ya que fueron usadas indiscriminadamente causando un sufrimiento innecesario. Ni me enteré de que las víctimas de las bombas eran en su mayoría civiles. Se hizo hincapié en el progreso científico y tecnológico con la creación de estas armas. Su uso no fue impugnado, sino celebrado. La perspectiva norteamericana fue desde el punto de vista del piloto del avión bombardero que la arrojó. La vimos caer cumpliendo con ello su objetivo de destrucción masiva, y justificamos su uso.

Cuando visité el Museo Conmemorativo de la Paz en Hiroshima y Nagasaki, mi perspectiva cambió por completo. Vi a la humanidad sufriendo y muriendo. La bomba aniquiló a hombres, mujeres y niños. Sin ninguna discriminación. Sometió a radiaciones a los supervivientes de la explosión y el fuego, y con ello a persistentes enfermedades y a la muerte. La exposición radiactiva ha cobrado decenas de miles de vidas afectando a las generaciones futuras. La bomba aún continúa matando.

En Japón, la bomba no fue apreciada desde arriba como un logro tecnológico, sino desde abajo como un infierno devastador . Más de 200.000 personas murieron en Hiroshima y Nagasaki, pero hay supervivientes que han logrado contar sus historias. Ellos nos hablan del infierno, y nos advierten del terrible futuro de la humanidad si esta tecnología continúa sin control.

El reto de Hiroshima es encerrar al genio nuclear en su botella, protegiendo a toda la humanidad, incluidas las generaciones futuras Para lograrlo, hay que recuperar el control humano sobre sus herramientas más mortíferas de destrucción. Por eso, para enfrentar al reto de Hiroshima , tiene que ser escuchada y entendida la perspectiva de quienes estuvieron en el sitio de la explosión. Los mejores maestros son los supervivientes, los que experimentaron de primera mano la bomba. Pero los supervivientes son cada vez más ancianos y no pueden ser los únicos maestros. Otros deben tomar la antorcha y afiliarse a ellos en su búsqueda para abolir las armas nucleares.

Han pasado más de seis décadas desde los bombardeos atómicos, y la mayoría de la gente no puede imaginar qué fue sufrir esa espantosa experiencia. El reto de Hiroshima requiere usar la imaginación. Si podemos imaginar el terror de la bomba y el silencio de la extinción, podemos responder a ella con la acción política. Si permitimos que caigamos en la indiferencia y no imaginemos lo que sería una conflagración con armas nucleares, será poco probable que un número suficiente de personas se ponga en pie y exija poner fin a esta dantesca locura.

A raíz de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, Albert Camus, el gran novelista francés y filósofo existencialista, escribió: "La paz es la única batalla que vale la pena librar." La humanidad debe permanecer solidaria en contra de la nuclearización y el militarismo con todas sus consecuencias. Debemos elegir: o buscar la paz y poner fin a las armas nucleares, o ser conformistas y aceptar existir con esta amenaza.

Algunos de los más grandes científicos del siglo XX, firmaron en 1955 el Manifiesto Russell-Einstein, en que se declaró: " Ante nosotros se extiende, si así lo decidimos, el progreso continuo en la felicidad, el conocimiento y la sabiduría. ¿O vamos, en cambio, a elegir la muerte, porque no podemos librarnos de nuestras rencillas? Hacemos un llamamiento a los seres humanos como tales: Recuerden su humanidad y olviden el resto. Si podemos hacerlo, está abierta la vía hacia un nuevo Paraíso; si no, se encuentra ante nosotros el camino de la muerte universal. "

En 1982, fundé la Nuclear Peace Foundation. El significado del nombre de la Fundación dice que la paz es un imperativo en la era nuclear. La Fundación se creó en un momento en que los dirigentes de los dos países con armas nucleares, Estados Unidos y la Unión Soviética, no se comunicaban el uno al otro. Nos organizamos en la creencia de que los ciudadanos, todos nosotros, podemos y debemos hacer la diferencia. Nuestro objetivo ha sido aceptar el desafío de Hiroshima, para despertar en la humanidad la necesidad de abolir las armas nucleares. Nos hemos esforzado para educar y abogar por un mundo libre de dicho armamento, para fortalecer el derecho internacional y capacitar a nuevos líderes de la paz.

En los últimos años, nos hemos centrado en alcanzar el liderazgo de Estados Unidos hacia un mundo libre de armas nucleares. A principios de este año hemos entregado decenas de miles de firmas a la Casa Blanca instando al Presidente Obama para que demuestre el liderazgo. Nos hemos sentido alentados por las declaraciones del Presidente, en particular, su discurso en Praga en abril de 2009, en el que dijo, "Declaro claramente y con convicción el cometido norteamericano de buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares". En su discurso, recordó que su país, es el único que las ha utilizado, y por ello tiene una "responsabilidad moral" de actuar y liderar. Esta es una nueva forma de expresarse de un presidente norteamericano, y que ha sido bien acogida en todo el mundo. Pero no es suficiente.

No es suficiente que el presidente Obama u otros líderes hagan llamados para entrar en acción. Estos dirigentes deben tomar medidas de inmediato, y para ello será necesario el apoyo de la gente en sus países y en todo el mundo. El objetivo de un mundo libre de armas nucleares se enfrenta a la oposición de grandes intereses, y sólo puede ser superada con una fuerte y sostenida demanda de los pueblos del mundo. Con demasiada frecuencia los dirigentes hablan de un mundo sin armas nucleares como el "objetivo final", es decir, un objetivo que debe lograrse en el futuro lejano, o quizás nunca. Debemos trabajar ahora para ver que la palabra "final" se sustituya por la palabra "urgente", y que este cambio se convierta en acción.

Vivimos en un mundo increíblemente hermoso compartiendo el milagro de la vida. Como ciudadanos de este planeta tan especial. también compartimos la responsabilidad de heredar nuestro mundo intacto a la próxima generación. Para poder lograrlo, se debe cumplir con el desafío de Hiroshima. Tenemos que aceptar la lucha de este desafío, y nunca darnos por vencidos hasta que nuestro mundo se haya librado de la amenaza que creó el reto de Hiroshima.

David Krieger es Presidente de Nuclear Age Peace Foundation (www.wagingpeace.org) y  consejero en el World Future Council.
Rubén Arvizu es Director para América Latina de Nuclear Age Peace Foundation.